lunes, 17 de mayo de 2010

COLORIN COLORADO

Este cuento se ha acabado. O está por. Qué mala jugada la de andarse desmembrando antes de cualquier tiempo y espacio. Con una derecha que finge ser amiga de todos –falta que Piñata proponga una Alianza Lavinista Leninista Marxista Atea Jesuita- y para peor el pueblo lidiando con un nivel de cagazos en tonos sepia oscuro. Entonces la D.C., esos camaleones de la política, empelotantemente consensuales, bisagrales, facultadores del golpe, burgueses, amantes de la iglesia católica –probablemente el consorcio más satánico del planeta-, no encuentra nada mejor que llenarse de discolas, como titulara el Clinic, y ahora enfrascados en mortal lucha entre colorines y guten-alvearistas. Y a propósito de Gute, me contaron que su discurso era “vacío”… Pero ¿cómo repercute esto en la vida de la nunca bien ponderada y apretujada y hasta manoseada en el metro señora Juanita? Bueno, obviamente se rompe el eje socialista – d.c. que había servido de plataforma a la Concertación. Y aprovecho de decirle a don Sergio Melnick que sí es justo llamar a la Alianza como lisa y llanamente derecha y a la Concertación sólo como tal. La izquierda chilena de las últimas décadas ha sido víctima del animus injuriandi republicano derechista que ha pujado por instalarse en todo el mundo comandado por EE.UU. Entonces los zurdos tienen por definición un status moral más sólido; cuando todos en la derecha se dan vuelta la chaqueta, la izquierda está llena de mártires. Una vez el Panzer se metió en el bolsillo al mofletudo Mamín increpándole que él era allendista y con orgullo, pero que la campaña derechista lo único que hacía era desligarse del hoy cenizas. Y mofletas ahí, entre arreglándose la corbata y encatrándose los lentes el muy opus gay. No bueno, gay no es mofletas, tiene una mujeraza el tonto, realmente que le mejoraba las fotos marketeras. Para alivio de los momios, la izquierda que ha gobernado es como una derecha, en el fondo. Todos saben que a los empresarios les encanta el “socialismo”. No es por segregar, la derecha tiene buenos elementos –manchados con sangre por cierto, sin importarle esto demasiado a nadie- sin embargo la Alianza es a ojos de cualquier sopenco una dupla impensable de enemigos a muerte. Imagínese a los muñecos repartiéndose la torta y acuchillándose en el acto. La izquierda es un poquillo menos sanguinaria, pareciera. Algo más noble, si se puede usar esa palabra en una reflexión de índole tan pútrida. Al pobre doctor Allende –quien iba a hacer un plebiscito para que el pueblo eligiera nuevamente en vistas del fracaso que nadie ocultaba- le tocó luchar contra un sabotaje pagado en dólares que modificó conciencias y llenó el infierno. Le diría que escapara, que no vale la pena, pero claro, eso es imposible. Entonces, señora Juanita, como le contaba, se sienta otro mal precedente en la larga lista que enluta a la Concertación, o a la izquierda, para darle en el gusto a don Sergio Melnick, y va quedando desprovista de esa superioridad moral de la que hablaba. Afloran los díscolos que corren con colores propios apenas el barco se tambalea. Lo peor es que tampoco se les puede condenar a muerte cuando se oponen a seguir financiando el transan-tránsfuga y otras aberraciones que hace mal o pésimo nombrar. Así que, para aliviar un poco este parco escenario político, saturado de miseria del alma y diálogo estéril, le invito a usted, tanto protagonista como espectador del Teatro de la Ignominia, a conocer la crítica de cine del amigo Benjamín Franulic: Las largas secuencias, la ausencia de diálogos y las tomas fijas, hacen de Ultramar un ejercicio para el espectador, quien buscará respuestas donde no hay preguntas y situaciones donde no es posible distinguir claramente cómo va la película. Los personajes que buscan en estas soledades y espacios amplios el sentido de su viaje, se quedan en los bellos paisajes sureños y en las extensas tomas, destacando la calidad de la imagen y el cuidado en el encuadre. Los enfoques de un mar tranquilo y pausado, reflejan también esa naturaleza que decae.

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